“Más rápido, más alto, más lejos…y por más años”

Parece ser sólo un slogan, pero podría tratarse más bien de una descripción de una realidad de la que parece que no estamos tan distantes.

 

Comencemos por hacer mención del titular de uno de los principales matutinos que en febrero de este año encabezaba un artículo anunciando: “Larga vida en la Argentina. Ya hay casi 3.000 personas que tienen 100 años o más.”

Esto no debe asombrarnos si tenemos en cuenta que en la última década, y desde distintos ángulos, la investigación clínica ha estado persiguiendo dar luz al sombrío panorama que históricamente representó el inexorable camino hacia el envejecimiento del ser humano. De esta manera se ha ido abordando a conclusiones tales como el efecto de la restricción de la ingesta calórica en la longevidad de las especies en las que se ha experimentado, mapeo de genes que pesan en prolongar la vida de los individuos y los triunfos de la ciencia, aunque aún parciales, sobre las grandes causas de mortalidad en personas de edad avanzada tales como la diabetes, cardiopatías y cáncer.

Es cierto que los genes importan. Está comprobado que el vivir más responde a líneas familiares con este rasgo, y esto a pesar de llevar a veces estilos de vida que poco tienen que ver con los conocidos conceptos de cuidados en la salud. No obstante, hay sobradas pruebas de los efectos beneficiosos de restringir nuestros ingresos calóricos. Esta teoría resultó demasiado simplista para algunos investigadores de los fenómenos de la tercera edad y fue entonces que Guarente y Sinclair abordaron a las observaciones sobre una proteína, la sirtuina, como la capaz de modificar el comportamiento de muchas otras proteínas y, entre ellas, del NAD un derivado de la Vit B3, indicador del estado energético de las células y por ende, regulador de la actividad calórica.

Sea por las campañas de salud, la genética y/o por el desarrollo de nuevos recursos farmacológicos como las sirtuinas lo cierto es que la esperanza de vida en occidente se ha prolongado notablemente en los últimos años. A comienzos del siglo XX era de aproximadamente 45 años y, gracias al advenimiento de la era antibiótica, la prevención con vacunas y las mejoras sanitarias, ha llegado casi a duplicarse en nuestros días.

Esta pulseada contra el tiempo de vida ha llevado a las autoridades gubernamentales de todo el mundo a pensar rápidamente en las consecuencias que este fenómeno, anunciado hace ya años, podría tener sobre los sistemas previsionales… y las premisas son fácilmente identificables: mayor longevidad, más población de la tercera edad, mayores y nuevas necesidades tales como hogares para ancianos, residencias geriátricas, más oferta de servicios tales como terapia física, esparcimiento, y planes de actividades para la tercera edad.

Es de presumir que los limitantes ya no serán los sistemas cardiopulmonares abatidos por una vida sedentaria o minada por el abuso del tabaco. Condicionantes como una metabolopatía, diabetes o asimismo el padecimiento de una enfermedad neoplásica ya no anticiparán el comienzo del final de la vida. Será entonces el tiempo del desafío a contar con nuevas y mejores prótesis, hogares para ancianos y residencias geriátricas que cuenten con planes de terapias físicas de estímulo a la actividad muscular, lo cual a su vez constituirá un estupendo motivador a prolongar la vigencia de la autoestima y el rol social del individuo.

Tal parece que la situación actual de los ancianos merece una reconsideración, una nueva mirada con ojos que admitan nuevas necesidades y cambios en respuesta esas necesidades, sobretodo en instituciones como geriátricos y hogares de gerontes a las que se les demandará una complejidad de servicios que van mucho más allá de brindarle techo y comida a un ser minusválido.

 


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